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Milgram y Asch en la empresa: decidir bajo presión

Amso

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Cuando el grupo decide por nosotros: lo que Milgram y Asch nos enseñan sobre las decisiones empresariales

En el artículo anterior hablábamos del efecto arrastre en la elección de herramientas tecnológicas. De cómo la popularidad no siempre equivale a idoneidad.

Hoy vamos un paso más allá.

Porque este fenómeno no es tecnológico. Es humano.

Y está documentado desde hace más de 60 años por dos de los experimentos más impactantes de la psicología social: los de Stanley Milgram y Solomon Asch.

El experimento de Milgram: obedecer aunque incomode

En 1961, en la Universidad de Yale, Stanley Milgram diseñó un experimento para responder a una pregunta inquietante:

¿Hasta qué punto una persona corriente es capaz de obedecer órdenes de una autoridad, incluso cuando esas órdenes chocan con su conciencia?

El procedimiento era sencillo, al menos en apariencia. Un voluntario hacía de “maestro” y debía aplicar descargas eléctricas a un “alumno” cada vez que este fallaba una respuesta. En realidad, el alumno era un actor y las descargas no existían. Pero el participante no lo sabía.

Cada error implicaba aumentar el voltaje.

El alumno gritaba. Se quejaba. Suplicaba. Finalmente dejaba de responder. El voluntario dudaba. Se ponía nervioso. Miraba al investigador.

Y el investigador, con bata blanca y tono firme, decía: “Por favor, continúe.” “El experimento requiere que siga.” “No tiene otra opción.”

El resultado fue estremecedor: el 65 % de los participantes llegó hasta el máximo voltaje, 450 voltios, pese a mostrar incomodidad evidente.

No eran personas crueles. Eran personas normales.

La conclusión fue clara: la autoridad legítima reduce nuestra resistencia crítica. Cuando alguien percibido como superior valida una decisión, nuestra capacidad de cuestionarla disminuye drásticamente.

El experimento de Asch: negar lo evidente para no desentonar

Una década antes, en 1951, Solomon Asch realizó otro experimento igualmente revelador.

En una sala, varios participantes debían identificar cuál de tres líneas tenía la misma longitud que una línea de referencia. La respuesta era obvia.

Pero había un detalle: todos los participantes menos uno eran cómplices del investigador.

Cuando los cómplices empezaban a dar respuestas claramente incorrectas —afirmando que una línea más corta era igual que la larga— el participante real se encontraba en una posición incómoda.

Veía con claridad la respuesta correcta.

Pero escuchaba a todo el grupo decir lo contrario.

El resultado fue sorprendente: en torno al 37 % de las veces, los participantes se alineaban con la respuesta incorrecta del grupo. No porque dudaran de su vista. Sino porque dudaban de su aislamiento. Preferían equivocarse con el grupo antes que acertar solos.

¿Qué tiene que ver esto con las decisiones tecnológicas?

Más de lo que parece.

Cuando una gran mayoría del mercado adopta una herramienta, se crea una forma moderna de “autoridad colectiva”:

  • “Es el estándar.”
  • “Todo el mundo lo usa ”
  • “Está respaldado por grandes ”
  • “No podemos ir en dirección ”

En ese momento, cuestionar la elección dominante exige algo más que análisis técnico. Exige valentía.

El fenómeno no es racional. Es social.

No elegimos solo por funcionalidad. Elegimos por pertenencia. Y aquí está el paralelismo incómodo:

Muchas organizaciones pueden estar viendo con claridad que una herramienta especializada resuelve mejor sus necesidades financieras complejas.. pero el mercado entero está señalando otra opción como la “correcta”.

Como en el experimento de Asch, la línea sigue siendo verde. Pero todos dicen que es azul.

La presión invisible del consenso

En el entorno corporativo, esta presión adopta formas más sofisticadas:

  • Consultoras que recomiendan lo que el mercado ya conoce.
  • Departamentos de IT que priorizan el ecosistema dominante.
  • Consejos de administración que buscan minimizar el riesgo reputacional.
  • CFO’s que prefieren no justificar una elección diferente.

Y así, decisión tras decisión, el consenso se refuerza.

No necesariamente porque sea óptimo. Sino porque es cómodo.

El verdadero liderazgo

Los experimentos de Milgram y Asch no solo revelan nuestra tendencia a obedecer o conformarnos. También muestran algo más importante: siempre hubo participantes que se negaron.

Un 35 % en el caso de Milgram. Un porcentaje significativo que mantuvo su criterio en el caso de Asch.

Esos individuos no eran más inteligentes. Eran más independientes en su juicio. En el ámbito empresarial, ocurre lo mismo.

El liderazgo real no consiste en seguir la corriente dominante. Consiste en analizar, comparar y elegir en función de la adecuación estratégica, aunque eso implique explicar por qué se toma un camino distinto.

Porque en tecnología financiera, como en psicología social, la mayoría no siempre tiene razón.

Y el progreso rara vez nace del conformismo.

En AMSO ofrecemos soluciones a medida “para los inconformistas” que no se dejan llevar por lo que dice la masa.

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