Gobernanza, también, para gestionar los riesgos financieros

David Cano Martínez,
Socio director de Afi Inversiones Globales
Pablo Guijarro,
Socio de Afi Inversiones Globales

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¿Es posible aunar la búsqueda de rentabilidad en la gestión de tesorería con los propósitos de mitigación de riesgos financieros a los que se expone la empresa? Esta pregunta podría ser contestada casi sin dudar: la empresa no financiera es, con carácter general, poco propensa al riesgo en lo referente a la inversión de sus posiciones de tesorería. Ello supone evitar contratar productos complejos o muy volátiles. Y esta es una aproximación coherente con la que impera en el ámbito de gestión de riesgos financieros: preferencia por instrumentos sencillos y transparentes. Pero en nuestra actividad profesional hemos constado que, lo que se percibe (o debería percibir) como aspectos comunes en la gestión de la liquidez y de los riesgos financieros, en la práctica no lo son tanto.

Así, en los últimos meses hemos podido observar diversas noticias relacionadas con el empleo de instrumentos derivados que no han cumplido con los fines, o expectativas, para los que fueron contratados. En algunos casos, estos instrumentos no tenían las características necesarias para mitigar los riesgos financieros, fundamentalmente de tipo de cambio, a los que las empresas estaban expuestas. En otros, el riesgo de pérdida para la empresa era excesivo, y no se valoró de forma adecuada en el momento previo a la contratación.

Aflora en este punto una segunda cuestión, determinante: ¿es perjudicial para la empresa contratar un instrumento derivado? Nuestra respuesta, en este caso, es inequívoca: no lo es. La clave es (1) identificar el propósito para el que se firma el acuerdo, (2) evaluar de forma adecuada los rangos de variación del instrumento, y (3) analizar su posible registro contable.

Desde el punto de vista de la gestión de tesorería, por ejemplo, la empresa puede optar por productos más o menos arriesgados en los que buscar rentabilidad, dependiendo de cuál sea su temor a incurrir en pérdidas. En un entorno de presión a la baja en el retorno de los activos tradicionales como el vigente en los últimos trimestres, es lógica la búsqueda de alternativas más rentables, invirtiendo para ello en productos alejados de los tradicionales depósitos, y a la vez, más arriesgados. Efectivamente: también empleando derivados. Esta estrategia supone dar un paso adelante tras posicionarse, por ejemplo, en bonos de empresas con una calificación crediticia muy baja, o en acciones de empresas que cotizan en el mercado bursátil.

El principal problema que detectamos es el de tratar de considerar cualquier instrumento derivado como un instrumento de cobertura del riesgo financiero, especialmente cuando los resultados finales han distado de los deseados. Este es un punto crítico: la normativa contable permite un tratamiento beneficioso para aquellos instrumentos financieros (no solo entran en este grupo los derivados) que se firman con el objeto de proteger a la empresa de un riesgo. La llamada contabilidad de coberturas permite alinear los objetivos de mitigación del riesgo con el reflejo contable de los instrumentos contratados, limitando la volatilidad del beneficio. Al prevenir la inestabilidad de la cuenta de resultados, otros componentes vinculados a la misma, como la capacidad de reparto de dividendos, se ven beneficiados.

Ahora bien, esta posibilidad conlleva la obligación de identificar claramente los objetivos de gestión de la empresa, los riesgos que pretende atenuar, y la relación económica existente entre el instrumento que se contrata y el riesgo a prevenir. Todo ello es percibido en muchas ocasiones como una limitación de la discrecionalidad de la empresa para gestionar sus fuentes de inestabilidad.

Estamos muy en desacuerdo con esa percepción. Lejos de ser un obstáculo, consideramos que la contabilidad de coberturas es una potentísima herramienta de gobernanza en la gestión de riesgos. Permite el control de procedimientos para cualquier empresa, en la medida en la que orienta la actividad de gestión de riesgos financieros de forma adecuada; y limita la tipología de instrumentos que pueden ser empleados como cobertura. Esta restricción debe entenderse como la obligación de llevar a cabo un adecuado análisis del producto que se va a contratar, antes de la firma, como herramienta de mitigación de riesgos en cualquier escenario de mercado.

En nuestra experiencia constatamos el beneficio que han experimentado muchas empresas en su operativa con una adecuada planificación en la gestión de riesgos. Es más, un vistazo a la información pública de empresas cotizadas muestra el cuidado que se pone en la definición de límites a la gestión, tanto de riesgos financieros, como de los excedentes de tesorería, para evitar incurrir en situaciones no deseadas ni desde el punto de vista contable, ni desde el punto de vista de la volatilidad de las posiciones de inversión financiera de la empresa. ¿No debiera ser esta una práctica extrapolable a cualquier empresa, con independencia de su tamaño?

El planteamiento de protocolos de gestión transparentes permite anticipar problemas, valorar alternativas, establecer responsabilidades, y por encima de todo, prevenir que las decisiones se tomen una vez ha sucedido el escenario de riesgo. Y este es un elemento que no solo interesa a la empresa, sino también a las entidades financieras, puesto que de este modo pueden (i) comprender la realidad de los riesgos a los que se enfrenta el negocio y (ii) valorar cuál es el enfoque de mitigación de los mismos a la hora de fijar el precio de los productos que contrata la empresa.

Es probable que muchas empresas consideren que no tienen recursos para dedicar a este tipo de actuaciones. Es cierto que la definición de políticas y su implementación pueden ser tediosas; también lo son el cumplimiento de las medidas de seguridad en el trabajo, o los controles de los sistemas de producción para garantizar un adecuado funcionamiento de los mismos. Y no por ello, dejan de seguirse una serie de pautas que mitiguen el riesgo operativo de la empresa, preservando su capacidad de generación de excedente.

En el ámbito de la gestión, ya sea de la tesorería o de los riesgos financieros, es igualmente imprescindible contar con un marco de actuación. Su complejidad puede ser proporcional a la correspondiente al nivel de riesgo al que está expuesta la empresa. Creemos que un error fundamental sería burocratizar en exceso la toma de decisiones, hecho que se ha constatado como un enemigo fatal de la agilidad de la empresa para actuar en escenarios adversos para el negocio.

Por lo tanto, a la pregunta inicial ya no cabe una respuesta tan rápida, y tampoco inequívoca. Quizá la filosofía de gestión de la empresa en los dos ámbitos (inversión de tesorería y protección de riesgos financieros) pueda compartir características (identificar claramente el potencial de pérdida de los instrumentos contratados, no incurrir en un coste de contratación que no esté justificado, y similares). Sin embargo, el entorno económico financiero actual resulta en objetivos diferentes para ambas funciones; y ello necesariamente implica protocolos, estrategias e instrumentos diferentes. En definitiva, la gobernanza se vuelve a presentar como clave para alinear la toma de decisiones con la exigencia de creación de valor que los gestores de cualquier empresa, cotizada o privada, tiene para con sus accionistas.

 


 

David Cano Martínez

David Cano Martínez

Socio director de Afi Inversiones Globales.
Licenciado en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y Máster en Finanzas Cuantitativas por Afi Escuela de Finanzas, es socio de Analistas Financieros Internacionales y Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, empresa especializada en la gestión de carteras y asesoramiento a inversores institucionales, fondos de inversión y fondos de pensiones. Más de 20 años de experiencia profesional.
Coautor de una docena de libros de mercados financieros y economía y de un centenar de artículos sobre política monetaria, mercados financieros, fondos de inversión, gestión de carteras y finanzas empresariales.
Es profesor de los más prestigiosos centros de postgrado en finanzas españoles (como Afi Escuela de Finanzas) y colabora habitualmente en los medios de comunicación.
@david_cano_m

 

Pablo Guijarro

Pablo Guijarro

Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Oviedo y Máster en Banca y Finanzas por Afi Escuela de Finanzas. Socio de Afi desde 2013, en el área de Corporate Finance.
Durante su trayectoria profesional ha desarrollado su labor en el marco de la empresa no financiera, prestando asesoramiento en la valoración de activos tangibles e intangibles, en el marco de la gestión de riesgos financieros, en los procesos de reestructuración financiera y en la estrategia de crecimiento inorgánico y expansión internacional de empresas multinacionales españolas.
Es profesor en diferentes cursos impartidos por la Afi Escuela relativos a valoración de empresas, análisis de riesgo de crédito y gestión de riesgos financieros. Es colaborador habitual de la prensa económica

 

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