Mucho se ha hablado en los últimos meses del riesgo de que la economía de EEUU entre en recesión. La elevada duración del actual ciclo expansivo (el más prolongado de su historia), el endurecimiento de la política monetaria de la Fed, la fortaleza del USD, la tensión comercial con China y, más recientemente, el cierre del Gobierno, han sido los argumentos esgrimidos para anticipar una caída del PIB. La reducción de la pendiente de la curva de tipos de interés o la cesión de la bolsa en el último trimestre de 2018 han sido otros “apoyos” adicionales para defender el escenario contractivo.

Sin embargo, los indicadores económicos no han acompañado esa tesis y EEUU sigue creciendo a tasas del orden del 2,5%. Y, lo que es más relevante, se mantiene la previsión de que el PIB crezca a ese ritmo en el conjunto de 2019. Además, que la Reserva Federal haya alterado su mensaje, anticipando que ya estamos en el final de las subidas de tipos, así como el favorable saldo de los beneficios empresariales (con reflejo en el S&P 500 y Nasdaq) ha enfriado cualquier “termómetro de la recesión”.

Mientras, es el Área euro el que ha mostrado claros síntomas de debilidad, de tal forma que ha dibujado prácticamente un ciclo completo en los últimos 12 meses. Hace un año reconocíamos la sorpresa positiva; en verano, advertíamos de la pérdida de pulso; y ahora, del riesgo de recesión. Un cambio en la coyuntura cíclica de la UME que se refleja, por ejemplo, en la evolución de la TIR del bono alemán a 10 años. Tras el repunte, que lo llevó a situarse en la zona del 0,60%, ha vuelto a caer con intensidad, hasta la cota del 0,10%, un claro reflejo del temor a que la zona euro entre en recesión.

Resulta muy preocupante que el PIB de la UME haya perdido dinamismo en estos meses, dado que no se ha endurecido ni la política monetaria ni fiscal, ni tampoco se ha apreciado el euro. Más bien al contrario: las condiciones siguen siendo claramente expansivas. ¿Acaso se ha producido un shock externo? Esta puede ser la razón en el caso de Alemania, la economía más abierta del Área euro, de tal forma que es la más afectada por la caída del comercio mundial. Y, desde luego, la pérdida de dinamismo del sector automoción ante las dudas “regulatorias” vinculadas al medio ambiente. Este fenómeno ha afectado a toda la zona euro, desde luego, al igual que la persistente incertidumbre sobre el Brexit. Y el PIB de Francia también se ha visto lastrado por las protestas de los “chalecos amarillos”. Ahora bien, el caso más preocupante es el de Italia, que ha vuelto a la recesión. La sexta en los últimos 15 años. Sí, ¡la sexta!, lo que permite entender que su PIB esté en la misma cota que hace 20 años. Está claro que tras este balance tan decepcionante hay claros problemas estructurales. Solo la economía española mantiene el pulso. Es cierto que pierde dinamismo, pero desde cotas del 3,0%, por lo que, aunque seguimos revisando a la baja las previsiones de crecimiento, todavía se mantienen cifras superiores al 2,0%.

Con estos mimbres, la Comisión Europea (CE) ha actualizado sus previsiones de crecimiento. El avance para la zona euro se situaría en el 1,3% este año, es decir, seis décimas menos de lo esperado el pasado otoño y con un crecimiento por debajo del potencial. Por países, la mayor revisión a la baja la encontramos en Italia. El PIB aumentaría apenas un 0,2% en 2019 y 0,8% en 2020. Para Alemania y Francia, la CE prevé un avance del 1,1% y 1,3% este año, respectivamente. España persiste como la economía más dinámica con un aumento del 2,1% en 2019.

“Existe un alto grado de incertidumbre en torno a las perspectivas económicas y las previsiones están sujetas a riesgos a la baja considerables. Entre otras, el Brexit”. En este punto, las previsiones de la CE “se basan en una hipótesis meramente técnica de mantenimiento de las relaciones comerciales entre el Reino Unido y la UE de 27 Estados miembros. Esta hipótesis se adopta únicamente a efectos de las previsiones y no guarda relación con las conversaciones en curso con arreglo al artículo 50”.

En conclusión, estamos ante un claro riesgo de recesión que debe llevar al BCE a mantener la alerta: no solo debería descartar cualquier elevación de tipos y reducción del tamaño de su balance, sino también plantearse la reapertura de algún programa de estímulo monetario, como ya hizo en 2014. La reducida inflación (las previsiones contemplan un 1,4% para 2019) otorgan margen de actuación al BCE. El problema radica en que tal vez ese margen no pueda ser aprovechado, ya no solo con las medidas convencionales (repo en el 0,0% y facilidad marginal de depósito en negativo) sino tampoco con las no convencionales (inyección de liquidez a los bancos a 4 años y compra a vencimiento de activos de renta fija).

Por ello, debemos volver a pensar en la política fiscal…. ¡pero únicamente en aquellos países que tengan margen! Es decir, Alemania. Ahora más que nunca debe activar un programa de gasto e inversión pública que mitigue la actual debilidad cíclica, no solo de la UME, sino también de Alemania. ¿Y el resto de países? Reformas estructurales. Pasa el tiempo y los avances observados en Francia e Italia son nulos.

El Área euro tiene un claro problema de crecimiento, vinculado en gran medida a la incapacidad de sumarse a la ola de la innovación tecnológica, verdadero motor de la economía mundial. Y el progresivo envejecimiento de la población es otro lastre para el PIB potencial, claro. Pero no solo eso: son necesarias reformas en dos de los principales países (Francia e Italia) que permitan revitalizar un bloque económico para el que volvemos a advertir del riesgo de “japoneización”. Ese es el mensaje que nos transmite la curva de tipos de interés. Tal vez Japón se lo pueda permitir (a tenor de los niveles de riqueza, bienestar y de exigencias al gobierno sobre el estado del bienestar), pero en la UME estamos muy lejos de haberlo alcanzado. Aquí, el ciudadano pide mucho más a los gobiernos. Y no son conscientes de la imposibilidad de que éstos puedan dárselo. Al menos, con una economía como la actual. Y nadie se atreve a reconocerlo. En la UME tenemos un problema económico.