Comienzo aquí mi colaboración mensual con Asset en la que analizaré alguno de los aspectos de la economía y de los mercados financieros con mayor impacto para las empresas, en concreto, para su dirección financiera. Y el momento es propicio por el claro cambio de rumbo en la evolución de los tipos de interés. El crecimiento económico es indudable: desde que empezó la Gran Recesión en 2008, ningún país relevante sufre una recesión. La expansión acumulada por el PIB de EEUU es clara (se sitúa un 12% por encima del máximo previo a la crisis) y el bloque desarrollado que había mostrado un mayor retraso en la recuperación, la UME, acumula evidentes señales de que, por fin, crece. Se revisan al alza las previsiones, de tal forma que en 2017 el PIB de la eurozona podría avanzar a tasas del 2,0%, es decir, a ritmos ya más cercanos al potencial. Con ello, deberían producirse el resto de efectos económicos tradicionales: creación de empleo, crecimiento de los salarios, aumento de la recaudación fiscal, reducción del déficit y de la deuda pública, normalización de la inflación, etc. En definitiva, se debería poner fin a toda esa lista de anomalías macroeconómicas de las que fuimos testigos trimestres atrás y cuyo punto álgido fue el verano de 2012, cuando el escenario de ruptura del Área euro ganó probabilidades de ocurrencia. Circunstancias excepcionales que obligaron a tomar medidas excepcionales, de forma especial por parte del BCE que se sumó algún mes más tarde al mayor experimento monetario jamás implantado: el Quantitative Easing (APP en terminología del Eurosistema). Creo que no somos del todo conscientes del papel tan relevante jugado por Mario Draghi, ni de los efectos tan positivos de las medidas que impulsó, sin duda, con el voto en contra de los “halcones” de su Consejo de Gobierno. Es verdad que el BCE no hizo nada que no hubiera implantado ya años atrás la Reserva Federal. La duda es ¿por qué no se aplicó antes la expansión cuantitativa? ¿No habría menos dramático el ajuste económico de algún país periférico como España en caso de haber contado antes con los vientos de cola derivados del APP del BCE? Dejemos este debate para otra columna. Hoy me quiero centrar en EEUU, país que ya ha iniciado la normalización de la política monetaria, al menos en su vertiente convencional. Se ha decidido la cuarta subida de tipos del actual ciclo que, iniciado en diciembre de 2015, no se pudo retomar hasta un año después. Que la Fed optara por un “wait and see” de doce meses de duración es una clara señal de los momentos de dudas por los que atravesó la economía mundial asociados a (1) el endeudamiento de las empresas chinas, (2) los mínimos del precio del petróleo, (3) la debilidad de alguna entidad bancaria europea relevante, (4) el BREXIT y (5) las elecciones en EEUU. Hoy existe una mayor visibilidad sobre todos estos factores de riesgo o, al menos, el contexto de aceleración económica permite minimizarlos. Porque, efectivamente, la economía mundial avanza ahora a mayor tasa que hace un año. Es más, desde 2010 no hemos asistido a un ritmo de crecimiento del PIB mundial como el actual (4,5%). Con un entorno exterior más despejado, es tiempo de que la Reserva Federal de EEUU vuelva a centrarse en unas condiciones monetarias internas expansivas. O, desde luego, mucho más expansivas de lo que corresponden a una economía en pleno empleo, con crecimiento de los salarios a ritmos cercanos al 3,0%, con un mercado bursátil en máximos históricos y un precio de la vivienda a punto de recuperar las cotas previas al estallido de la crisis (2006). Pero con este diagnóstico, no sólo parece sensato elevar los tipos, sino también a reducir el tamaño del balance, esto es, ir desmontando el principal componente de la política monetaria no convencional. Cuanto antes se empiece, mejor, ya que así podrá hacerlo de forma paulatina. La ausencia de presiones inflacionistas y el contexto de crecimiento económico permite ese proceso gradual. Los tipos de interés del USD sólo tienen una dirección: al alza.

David Cano Martínez
@david_cano_m